De Pamplona hasta el cielo (E.T. en Sanfermines)

Aunque sabíamos que estábamos borrachos, nos sorprendimos de su extraña cabeza, disimulada malamente con la txapela, igual que el cuerpo rechoncho embutido en los previsibles camisa blanca y pantalón. La faja le quedaba grande, colgando.
–Mi casa –señaló hacia el cielo, y luego indicó en dirección a la cuesta de Santo Domingo con su dedo de láser–. El encierro.
Casi nos morimos de risa mirando su mano de cuatro dedos… ¡Qué tipo más raro! Lo cogimos en volandas y lo acercamos a la barrera de gente que se agolpaba para ver la carrera.
–Mi casa –dijo de nuevo, muy agradecido, sonriéndonos con sus enormes ojos redondos.
Sonó el primer cohete anunciador de la suelta de reses e inmediatamente el segundo, que pregonaba que todos los toros habían salido, y aunque seguíamos bebidos nos espantó que saltara por encima de los espectadores y se tirara de cabeza contra el primer morlaco.
Cabezazo, embestida y al cielo.
–Mi casa –se oyó en la distancia.
Los que no estaban borrachos contaron que durante unos segundos se hizo de noche y, allá arriba, el enano cabezudo se dibujó contra la claridad de la luna mientras se alejaba volando hacia su planeta extraterrestre.

Microrrelatos de San Fermín: Hemingway en Pamplona, 1923

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El joven Esteban Domeño contempló divertido a ese otro mocetón alto y musculoso que se había situado a su lado para correr el encierro. Antes de que sonasen los clarines le había dicho con un insufrible acento americano que venía de París, pero aquello no tenía sentido.
–Con mi esposa Hadley –le había aclarado.
–¿De dónde? Con tu esposa ¿qué?
Pero el americano no tuvo tiempo de explicarle nada y tampoco se percató de que, preso del pánico, le hizo tropezar y Esteban cayó embestido por el morlaco, que lo dejó seco en el acto. Estos americanos nunca se enteran de nada, debió de pensar absurdamente el pamplonica en el instante final de su vida.
–¡Oh, my God! –exclamó el americano unas horas después–. ¡It is a real tragedy!
Tres años más tarde Ernest Hemingway todavía no era el hombrón alto y grueso cuyas barbas blancas imitarían hasta la saciedad sus muchos admiradores, pero recordó oportunamente el suceso en su primera novela de éxito, The Sun Also Rises.
–¿The Sun Also Rises? Mejor será: Fiesta –murmura desolado Esteban Domeño desde el mundo de los justos cuando los visitantes extranjeros invaden Pamplona en los Sanfermines–. ¡Estos americanos nunca se enteran de nada!